Pablo tiene 25 años. Empezó a jugar al póquer a los 18 para pagarse sus estudios universitarios y a partir de entonces descubrió su potencial. Con cinco dólares construyó todo lo que tiene y ahora piensa que es momento de ayudar a aquellos que lo necesitan.
En su primer torneo ganó 1.500 dólares y fue ahí cuando el póquer se convirtió en su profesión. Aún así, su idea de estudiar no la ha dejado de lado. Cursa quinto año de Ingeniería de Sistemas en Córdoba, Argentina y le faltan tres materias para terminar porque “siempre hay que terminar con lo que uno inicia”, afirma.
Este joven jugador es estricto con su estilo de vida y admite que no necesita mucho dinero para ser feliz. Si ayudar está en sus manos, él cree que puede sembrar la semilla para que muchos jugadores de póquer se sumen a apoyar causas sociales como, dice, sucede mucho más en Estados Unidos que en Latinoamérica.
Su idea es usar el 50% de las ganancias para apoyar una obra caritativa y crear conciencia en la gente sobre las necesidades de los demás, temas básicos como abastecer de agua potable a quienes no la tienen, por ejemplo. “Cuando nuestra preocupación mayor es si ganamos con un par de ases y la de otros es no tener agua para cocinar, siento que debo hacer algo al respecto”, dice el jugador.
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