martes, 3 de junio de 2014

Otra batalla por la supervivencia de los osos de anteojos

El 4 de diciembre del 2013, dos encargados de monitorear fauna silvestre tuvieron un encuentro inusual durante un recorrido de rutina por el alto de Vives, en Villagarzón (Putumayo): se toparon con un oso andino en medio del bosque.
Los osos suelen evadir cualquier contacto con los humanos. Además, ocupan sitios nublados por encima de los 2.000 metros sobre el nivel del mar, pero en esa ocasión el animal se movía por una pequeña selva, a 1.400 metros de altura.
Edison Caicedo, habitante de la región y una de las personas que estuvieron muy cerca del oso, cuenta que, días antes de esa especie de colisión con uno de los máximos seres de nuestra naturaleza, el animal ya había dado señales de que estaba por allí, merodeando entre los árboles.
La escena, milagrosa para estas épocas de hábitats arrasados y especies en declive, movió de paso el optimismo de los integrantes del Plan de Conservación del Oso Andino y la Danta de Páramo, que lideran el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), la Corporación Autónoma Regional del Amazonas (Corpoamazonia) y la Empresa de Energía de Bogotá, un programa de conservación que se ha extendido a Mocoa y el valle de Sibundoy.
Han pasado ya casi seis meses desde ese hallazgo casual, y el impulso por preservar está cada vez más encendido en este grupo de conservacionistas, biólogos y 14 monitores comunitarios que se la han jugado por cuidar al único oso típico de la cordillera de los Andes. Entre otras acciones, están haciendo caminatas, recogen muestras e instalan cámaras trampa para captar sus movimientos y lograr el único censo que se ha hecho en esta región del país para esta especie.
Precisamente, Reinel Cerón, Yomar Bravo, Justo Martínez y José Rodríguez, cuatro de los monitores ambientales comunitarios, reportaron el 9 de mayo pasado tres nuevos registros del oso, logrados por medio de esas cámaras.

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