“El pesebre natural de Colombia” llaman los colonos e indígenas a Puerto Nariño, Amazonas, un municipio ubicado a solo 87 kilómetros de Leticia por vía fluvial, en el extremo suroccidental del trapecio amazónico.
Se dice que en el casco urbano residen aproximadamente 2.000 personas y en las comunidades circunvecinas (yaguas, ticunas, cocamas), otros 4.000, es decir que la población total está por el orden de los 6.000 habitantes.
Sus viviendas, de madera y pintadas de varios colores, parecen salidas de un cuento de hadas; además, cada una tiene en frente un pequeño jardín de plantas ornamentales que crecen al lado de las especies características de la selva.
Sus calles estrechas, conformadas por senderos peatonales, no se diseñaron para la circulación de vehículos o motocicletas. Incluso está prohibido este tipo de transporte: en este pueblo todos van de un lado a otro caminando, sin importar las distancias.
En Puerto Nariño está el hogar de Julio Ernesto Sangama*, un antioqueño que llegó hace cinco años como maestro de español y quien nunca, como dice, regresará a su tierra: su hogar ahora es la selva.
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