Cuando Mario tenía a su cargo la misa, la iglesia se llenaba. La comunidad lo quería y lo respetaba, porque hacía honor a su vocación y a su misión sacerdotal: visitaba a la gente, organizaba actividades, mediaba en conflictos, estaba siempre dispuesto para todos… Además, era un caleño en sus treinta, atractivo, moreno, inteligente y carismático.
Yo tenía 18 años. Recién me había graduado del colegio, pero pensaba trabajar un año antes de empezar la universidad. Iba a misa los domingos con mi familia, me interesaban las actividades de la Iglesia y, como tenía tiempo, decidí dictar catequesis los fines de semana a los niños.
Poco después ya era la directora de ese curso y eso nos puso más en contacto, así que rápidamente nos hicimos amigos. Admito que él no pasaba desapercibido para mí. Para nadie. Recuerdo que les preguntaba a mis alumnos si sus mamás iban a misa y muchos de ellos me respondían, con un gesto muy inocente, que sí, pero que en realidad lo hacían solo para ver al cura.
Y era verdad, veía a solteras, casadas, maduras andar detrás de él, pero él sabía mantenerlas a raya. Era un sacerdote serio. Y fue eso, lo confieso ahora, lo que hizo que acabara fijándome en él, aunque yo no buscaba ni esperaba nada.
Un día, después de que él regresó de un retiro con su comunidad, me pidió que habláramos y me soltó una frase que no olvido: “Solo quería que supieras que durante este retiro pensé en ti todo el tiempo, y que darme cuenta de eso me ha puesto a reflexionar sobre mi vida”. Y selló lo dicho con un beso apurado, pero inmensamente tierno, en los labios.
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