Hace cinco años acepté participar en el esfuerzo colectivo emprendido por el Grupo de Memoria Histórica, de reconstrucción de las dinámicas de la guerra desde las memorias de las víctimas. Este viaje a los infiernos me obligó a modificar paradigmas y certezas sobre la condición humana.
¿Es posible pensar que tenemos inscritas en nuestro código genético fronteras ‘naturales’ que imponen límites al sufrimiento que una persona es capaz de infligir a otra?
Escuchando las memorias de las víctimas en la región Caribe aprendí que no.
Recuerdo, por ejemplo, el relato de un juicio ejemplarizante perpetrado por la guerrilla. En una tarde húmeda, en una vereda remota, sentado en un butaco, el hombre acusado de sapo y ladrón sufrió, frente a niños, niñas, jóvenes y adultos, una tortura pública.
“Ahí fue cuando sufrí mi primera trombosis. De los nervios me desmayé y luego no recuerdo más”, dice una mujer y si este fue el impacto sobre una adulta, ¿cómo habrán procesado esta escena los niños y las niñas que fueron obligados a hacer parte del círculo del público mudo e indefenso?
Los paramilitares también cometieron atrocidades pero en una escala mucho más masiva. En el Caribe, una y otra vez, escuchamos de toques de queda, regulación de conductas, prohibición de rituales fúnebres, centros de torturas, escarmientos, humillaciones y masacres públicas. Con regulaciones arbitrarias y atroces, estos grupos sumieron a pueblos festivos en un silencio denso.
Rememoro estas escenas, no para levantar un dedo acusador contra los jóvenes que ingresaron a las filas paramilitares o guerrilleras, pero sí para enjuiciar a quienes, con poder y privilegios sociales y políticos, diseñaron estas organizaciones.
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