viernes, 4 de julio de 2014

Una madre en el laberinto del suicidio de su hijo

No sobra nada. Hay justo lo necesario para vivir bien; un buen apartamento y sin extravagancias en un sector del norte de la ciudad, un cupo en la mejor y más costosa universidad del país, y la posibilidad de viajar una vez al año a cualquier rincón del mundo.
Nada de eso importó, el diagnóstico fue solo uno: tristeza absoluta. Santiago* había entrado en un estado que en psicología llaman plano; morir era la única opción. “Hace cuatro años que no le encuentro sentido a mis días. No quiero estudiar, no quiero ser psicólogo, no quiero pasar mi vida en una oficina. He tratado de tener sexo desenfrenado, usar drogas, pero me es imposible ser feliz”, decía un aparte de su primera carta de despedida.
Sofía*, atlética, de 59 años, habita en el mismo lugar en donde vio a su hijo por última vez. Carga la historia de un pasado con excesos de soledad, y un kleenex se deshace en su rostro tratando de desaparecer las lágrimas. “Nací en Suba cuando era un potrero apartado. Allí vivía con mis dos hermanos. El único contacto era con los niños trabajadores de la finca. Nuestra educación fue en casa”.
Su padre, austriaco, los apartó del mundo, al parecer queriendo alejar a su familia de la Segunda Guerra Mundial, esa que persistía en su cabeza y que le había arrancado de su vida a su primera esposa y a un hijo. “Llegó a Colombia con dos marcos, triste, expulsado de su país. Para él fue como comenzar de nuevo. Con 55 años se casó con mi mamá que tenía 25 y era modista, tuvo tres hijos y vivió de su carrera, arquitectura”.
Sofía recuerda las palabras dulces que él le decía, pero también su reacción cuando decidió estudiar Secretariado Bilingüe. “Se puso furioso. Tenía miedo de que sus hijos se fueran. Con el tiempo lo asimiló y hasta me ayudó a terminar mi carrera porque vio resultados. Yo era importante para él”.
Otra fue la historia con su madre, una mujer recia de origen campesino. “Fue muy dura conmigo. Venía de una familia de nueve hermanos, pobres, que vivían en el campo. Mis abuelos siempre dependieron de criar gallinas y animales.
Todos sus hermanos se vinieron a Bogotá. Lo que siento es que ella descargó más responsabilidades en mí, que en mis otros hermanos”.
Durante 32 años Sofía fue exitosa, siempre trabajó en multinacionales y, en ese momento de su vida, en la misma zona rural donde transcurrió su juventud, conoció a su esposo haciendo deporte, una afición de toda su vida.
Cuatro años después de su matrimonio, nació Santiago, pero para ese momento la relación de pareja ya era difícil. “Siempre tuvo un carácter duro. Él es ingeniero civil y, aunque trabajó mucho tiempo, cuando nació mi hijo se quedó sin empleo”.
A los 32 años Sofía no solo respondía con la mayor parte de las responsabilidades de su hogar, laborando de 8 de la mañana a 5 de la tarde, sino por la salud de sus padres, ya ancianos. Y llegaba a su casa a cumplir con las tareas del hogar. “A mi pareja no le gustaban las empleadas: le parecían terribles”.
Mientras todo eso pasaba, Santiago era cuidado en una guardería del barrio, muchas veces hasta las 7 u 8 de la noche, porque pocas veces su padre se apersonaba.
Hasta quinto de primaria Sofía tenía que llegar del trabajo a hacer las tareas con su hijo. “Llegaba cansada a hacer oficio, a cocinar, a lavar la ropa… Sí, yo le gritaba si las tareas le quedaban mal hechas. Repetí el mismo patrón de mi mamá. No dormía bien, mi trabajo era exigente, discutía con mi esposo porque nunca podía recogerlo. Le hacía saber que estaba cansada pero nunca actuamos como un equipo de trabajo”. Sofía suspira. Ese mismo recorrido de su vida lo ha hecho una y otra vez, después de la muerte de su hijo.

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